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Cementerio

Nuestro Cementerio y su historia

cent

Cementerio de Ezpeleta
Durante mucho tiempo Ezpeleta fue asociada con el cementerio. Es hora entonces de que tracemos algunos brochazos acerca del aspecto y características de un lugar siempre significativo para todos. Aprovechamos en esta oportunidad el aporte de los recuerdos de Toty Alba, que en la década del cincuenta vivía en Laguarda casi Mitre, donde funcionaba la carnicería de su padre don Ramón. Aportó sus recuerdos también su marido, Rubén Castellini, su novio en aquellos tiempos.
Veamos el Cementerio del 50 en la memoria del matrimonio Castellini: La entrada estaba ubicada en Mitre y Laguarda, en la ochava donde actualmente está la cruz. Mitre era empedrada lo mismo que Laguarda, que tenía una plazoleta en el medio y desde Mitre hasta la vía era de tierra.
Cuando se construyó por Mitre el nuevo paredón, durante los meses que duró la construcción, las tumbas se veían desde la calle, provocando comentarios y bromas acerca de fantasmas entre los vecinos.
Estos fueron algunos de los comercios que rodearon el cementerio de esa época: en la vereda suroeste, una fábrica de mosaicos; el kiosco de venta de flores de Alberto (a quien Apodaban Sardina), en la esquina noreste de Mitre y Laguarda; En la otra esquina de Mitre y Laguarda había un despacho de bebidas de Bolívar y una despensa por Laguarda, al lado del Sol de Mayo. Ya un poco más alejados de la entrada, por Mitre se destacaban el Corralón de Otegui (luego Porcia y Otegui) y casi lindera con él, la quinta de Pachín.
Hacia a caballo sus rondas de vigilancia (muchas veces nocturnas) por la zona el entonces subcomisario Larrauri, hermano de la diputada Juana Larrauri. Vivía por Laguarda, frente al paredón, la madre del cantante Guillermo Guido, de apellido Buchanga.
Cuando se construyó la actual entrada, hicieron sobre la vereda del paredón, pequeños locales destinados a la venta de flores pero, por ser la vereda donde da el sol a las horas de más calor, debieron desistir del proyecto y los puestos de venta de flores se emplazaron en la vereda de enfrente, donde están ahora. Los más importantes constructores de lápidas y placas fúnebres fueron: Prioli, Marchitelli, Cabezas y Buchanga, que vivían por Laguarda y Kal por Mitre.
Los cortejos fúnebres concurrían con carrozas tiradas por dos o cuatro caballos, acompañadas por otras carrozas para los familiares. Las casas mortuorias de Escobar y Roverano vestían a su personal con levita y llevaban galera negra en la cabeza y guantes blancos. Los caballos iban empenachados.
Muchas son las anécdotas que, en la realidad o en la fantasía, giran entorno a los sepulcros. Por ejemplo, se comentaba que en algunas bóvedas lujosas ciertos serenos nocturnos organizaban mesas de monte. También se comentaba que las autopsias muchas veces las realizaba un cuidador caracterizado por ser sordo. Lo que el matrimonio Castellini sí vio fue a los chicos jugando a las bochas cerca del osario con calaveras humanas.
Existía una línea de ómnibus llamada La Veloz que unía Bernal (la terminal estaba en San Martín casi Avellaneda) y Berazategui y se caracterizaba por tener unidades grandes (semejantes a las ‘bañaderas’ de aquel tiempo) con descenso por atrás. Esta línea competía con ‘el blanquito’ o ‘el uno’ de la actual Micro Omnibus Quilmes.
Esta barriada del cementerio no dejaba de tener un halo especial pues estaban próximos a difuntos que en cualquier momento se podrían convertir en alguno de tantos aparecidos que nutren la fantasía popular.
Agradezco a mi hermano y a mi cuñada el aporte que nos han hecho para poder reconstruir un pedazo del pasado de nuestra Ezpeleta, esta vez relacionado con “el camposanto”.
Lidia Castellini
Publicado en octubre de 1994

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Su Historia
En el año 1842 se iniciaron las gestiones para trasladar el viejo Cementerio que desde 1667 hasta entonces se hallaba contiguo a la Iglesia Parroquial, traslado que debía hacerse hasta el terreno Perdriel, donde hoy se encuentra el hospital de Quilmes. En 1849 el médico Quilmeño Dr. Amoedo pidió el traslado del viejo cementerio al lugar que se le tiene destinado, “en bien de la salud y decencia”, ya que la tapia que lo separaba de la calle se hallaba derrumbada y en su interior, entre las tumbas, había cuevas de vizcachas. Para entender la necesidad de traslado del viejo cementerio son de mayor relevancia los siguientes datos: Población del partido: 7140 habitantes, de ellos 2014 en el pueblo y 5126 en su campaña; son 4700 Porteños, 820 Argentinos (diferencia que se da por la separación que existe entre el estado de Buenos Aires y la Confederación Argentina), 719 Ingleses, 470 Españoles, 314 Franceses, 84 Italianos, 33 de otros países; hay 3 edificios de altos, 112 casas de azotea y 635 de paja. Hay 10 tiendas (almacenes ramos generales) y 46 pulperías.
En febrero de 1855, se inauguró el nuevo cementerio de la Barranca, en terrenos que hoy ocupa el Hospital. En el centro del Cementerio se construyó una base de mampostería y sobre ella una cruz de hierro labrado, donada por Mariano Solla. En abril de 1867, el Dr. Cueli diagnosticó Cólera Morbus Esporádico, antes de fines del mismo mes habían muerto cinco personas atacadas de cólera; la Municipalidad dispuso abrir varias sepulturas en el Cementerio a fin de no demorar la tarea de sepultar de inmediato a los fallecidos; se estudió la conveniencia de trasladar el Cementerio a un lugar más alejado y también se ordenó prohibir sepultar cadáveres en bóvedas debiendo hacerse bajo tierra, cubiertos con cal viva. Es en 1868, cuando Juan Clark, vecino de Ezpeleta, dona los terrenos del actual cementerio. Tras un rebrote de la epidemia que se prolongó varios meses; la mortalidad anual en Quilmes sobrepasada en varios días en Enero de 1868; por lo tanto fue necesario clausurar el Cementerio de la Barranca y habilitar rápidamente el actual, terminado su traslado en 1871 año de su fundación. Ante la cantidad de inmigrantes provenientes de países no católicos que habitaban nuestro partido, Don Carlos Clark, en el año de 1888, dona los terrenos para la fundación del Cementerio de los Disidentes.

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dosNota editada en
julio de 1993


Su denominación oficial es Cementerio de Quilmes y segundo el lugar donde está emplazado, Mitre y Laguarda, es el tercer predio que ocupa, ya que el primero estaba alrededor de la Catedral, después se trasladó al predio donde hoy está el hospital Isidoro Iriarte, y finalmente en el año 1871, según los registros, fue instalado en el lugar definitivo. Y este nuevo lugar también tiene su historia, porque aún se hallan los mausoleos que pertenecieron a la familia de Pereyra Iraola y A. Baranda, entre otros.
Pero al margen de la evocación, todo indica que la necrópolis se encuentra hoy en una época floreciente, ya que -segun su actual Director, el doctor Marcelo Alberto Cóppola- hasta no hace mucho “era un manicomio”.
En 90 días, contó, se sacaron 240 camiones de escombro y basura, gracias a la colaboración del personal municipal, y para evitar nuevos montículos de basura se ha estandarizado el sistema de sepelio. Un cordón de mayólica, mármol o ladrillo a la vista, una pantalla en el fondo con una plaquita para el nombre y otros datos del fallecido y una cruz, y en el medio tierra con césped o alguna planta.
Con respecto a los precios, el funcionario señaló que la inhumación en tierra cuesta 11 pesos, y en nichos 35, incluídos todos los impuestos y sellados. Destacó que hay otras obligaciones pero que las deben afrontar las cocherías, por ejemplo los 300 pesos que deben pagar cuando el servicio no es del distrito. En este momento agregó, el cementerio está colmado, a pesar de que en 1983 se hizo una ampliación, argumentándose que la solución sería la construcción perimetral de nichos evitándose así la visión desde la calle, el problema de la falta de seguridad y, por un tiempo, el problema de la falta de espacio. “Dentro de poco, señaló Cóppola, tendremos un crematorio en las mejores condiciones que se pueda imaginar”. Para su construcción se ha tomado el modelo habilitado en Lanús, que tiene una sala con capilla, no hay polución y el tratamiento es interno de modo que se evitan molestias a todo los vecinos.
El cementerio de Ezpeleta tiene salas velatorias gratuitas y las personas carecientes pueden solicitar el servicio total gratuito, en Mitre al 900, que incluye la cochería que en estos momentos es la de Marino, por su parte el empresario de Servicios Funebres, Leonardo Cuellas, que trabaja en la zona desde hace veinte años, afirmó que “Dentro de los cementerios municipales que conocemos, este es el mejor”

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LA HISTORIA DE NUESTRO
CEMENTERIO MUNICIPAL DE QUILMES


CEMENTERIO DE QUILMES

La muerte ha sido motivo para erigir diversas construcciones arquitectónicas que brindan información básica sobre costumbres, tradiciones sociales y religiosas del pasado.
Esta presentación intenta proseguir la realizada el año pasado en la 7º Jornada por el Prof. David Iurescia: “La Necrópolis de Quilmes y las costumbres funerarias”, que a su vez, se iniciaron en el 2005 con la del Ing. Rodolfo Cabral titulada “Varias iglesias y un cementerio”. El mismo año el Lic. Oscar Rico Rincón presentó un experto trabajo “Memento Mori – imagen del recuerdo en el siglo XIX y XX”, sobre la fotografía post mortem, que en la 5º Jornada la Prof. Andrea Cuarterolo continuó con un trabajo profusamente ilustrado: “La muerte a cinco columnas”.
La Recoleta [2] y la Chacarita, en la Capital Federal, tuvieron sus historiadores e investigadores, trabajos que permiten rescatar, conocer y difundir, además de costumbres y tradiciones, la trayectoria pública de personalidades de nuestra historia.
La práctica prehistórica de enterrar a los muertos bajo sus viviendas dio lugar a construir “casas” para los muertos; bóvedas, sepulcros, panteones, tumbas (enterramientos), mausoleos y luego “ciudades” específicas, necrópolis.
Los monumentos funerarios fueron construcciones, casi siempre, emplazadas fuera del ejido urbano. Las tumbas romanas levantadas generalmente junto a los accesos a las ciudades, de formas muy variadas, reflejaron los gustos de sus promotores y tenían el propósito de impresionar a los vivos con la riqueza y el poder de la familia del difunto.
La riqueza arquitectónica y artística de los monumentos fúnebres: bóvedas o mausoleos, en sus elaboradas puertas, vitrales, esculturas alegóricas y las historias que recrean; así como los hitos como lápidas, monolitos, columnas truncas, obeliscos, etc., que recuerdan a figuras, personalidades y hombres de significativa trayectoria, son documentos historiográficos que recrean y completan cualquier investigación histórico-social.
LOS TRES CEMENTERIOS DE QUILMES: [3]
Desde 1667 el cementerio de la Reducción estaba junto a la iglesia y allí permaneció hasta 1854. Lo irregular de la situación para un pueblo que estaba creciendo lenta, pero constantemente determinó que en 1842 se dispuso trasladarlo a un lugar adecuado a las circunstancias.
Se eligió un terreno frente a la barranca (donde hoy está el Hospital Iriarte)  llamado de Perdriel, quizá porque en ocasión que el jefe de policía Gregorio Ignacio Perdriel visitó Quilmes en 1829, con sus subalternos instaló campamento en esta cima frente al cambiante panorama del Río de la Plata. [4]
En 1849 el boticario porteño Hilario Amoedo [5] reiteró el pedido de traslado al sitio destinado pues el primitivo “estaba en estado deplorable, la tapia derrumbada y entre las tumbas había cuevas de vizcachas.” [6]
El 13 de febrero de 1852 se autorizó la mudanza. Esta fue una de las primeras medidas del juez de paz Martín de La Serna, pero el tema quedó relegado, pues el 7 de abril se creó el partido de Barracas al Sur, al frente del cual se designó a de La Serna y se nombró juez de paz del partido de Quilmes a Andrés Baranda.
En noviembre Baranda renueva el pedido de traslado al terreno de Perdriel,  donado al efecto por el jurisconsulto Romualdo Gaete. [7]
En 1854 se iniciaron las tareas. En 1852 varios vecinos residentes y circunstanciales habían hecho importantes donaciones de dinero, que llegaron a $ 44.037, con ese fin. Entregaron $1000 cada uno: el Dr. Claudio Amoedo, Andrés Baranda, Gregorio Belén, Francisco Casares, José Durañona, Enrique Gilbert, los hermanos Laurentino, Remigio y Paulino González, Silverio Ponce de León (padre de Olegario y Valerio) Indalecio Sánchez; con $ 800 cada uno: José T. Arze, Juan Clark, Juan Davidson, Martín Durán, Urbano González, Bernardo Lerdou, Juan Montes de Oca, Álvaro Parejas, Francisco Polero, Thomas Robinson (circunstancial vecino de Quilmes), Francisco Rodríguez.
El único señalamiento oficial que contó el nuevo emplazamiento fue un pilar rectangular de mampostería de metro y medio de alto, colocado en un punto central entre las tumbas, con una cruz de hierro labrada en la base superior, que fue donada por Mariano Solla, conmovido por la desnudez que presentaba la nueva necrópolis.
En febrero de 1855, después de 13 años de iniciadas las gestiones, siendo juez de paz Tomás Flores se inauguró el nuevo cementerio en la calle de la Concordia (Humberto Iº) y Santa Cruz (Alisson Bell) La sepultura Nº 1 estaba en la esquina de Allison Bell y Humberto Iº y la última la Nº 670, en la esquina de Olavarría y Uriburu. Así fue que se clausuró definitivamente el viejo, que ocupaba el actual atrio de la catedral, la casa parroquial y parte de la Escuela Nº 1º. De todos modos varias tumbas permanecieron junto al templo hasta 1861, “entre las que se paseaba los cerdos de Marteluna”, un vecino cuya piara andariega no solo llegaba a la plaza principal, sino que atravesando las difusas calles iban a hozar en el cementerio.
Luego este terreno se parcelaría para levantar la escuela Nº 1 en 1863 y la municipalidad, quedando enterramientos olvidados por la desorganización y el apuro que determinó la mudanza.
RECLAMO
En 1861 el Dr. Valentín Alsina [8] reclama dos solares que le pertenecían, los Nº 345 y 346, ocupados en su mayor parte por el nuevo cementerio. La municipalidad reconoce sus derechos y el error cometido y lo subsana otorgándole provisoriamente, hasta tanto el Superior Gobierno extienda la correspondiente escritura de propiedad, un terreno con la misma extensión en el bañado desde la pared posterior del cementerio (calle Uriburu)
También el cura párroco Rafael Fanego reclamó el terreno pues consideraba que si el cementerio era administrado por la Iglesia, el predio donde estuvo le pertenecía a esa institución. Después de una larga disputa con Andrés Baranda el sacerdote alejado de Quilmes desistió de sus exigencias.
En 1888 surge un nuevo reclamo de Mercedes Alsina de Deagustini de modo que la municipalidad solicita una nueva agrimensura de los terrenos disputados y concluye que “…Sólo por una equivocación ha podido reconocerse derechos a favor de la testamentaria del Dr. Alsina, de los solares 345 y 346, pues estos forman parte de la manzana ocupada por dicho cementerio y la donación a favor del Dr. Alsina fue efectuada cuando el cementerio funcionaba como enterramiento y se debe comprender que fue donado este sino el terreno lindero hacia el Este…” [9] Resuelto esto, los lotes se remataron; los adquirió Celestino Risso, luego la casa que allí se levantó fue residencia de verano del Pte. José Evaristo Uriburo, seguidamente compró la propiedad el vecino José Bossi Casares que la bautizó quinta La Elisa y luego pasó a la familia de Antonino Cambaceres, cuya sucesora la vendió en 1920 a la Sociedad de Beneficencia Hospital de Quilmes, actuando como escribano Andrés V. Ramella y figurando como compradores el Dr. Iriarte y W. Allinson Bell..
Este segundo cementerio fue colmado por las epidemias de cólera (1868) y de fiebre amarilla (1971).

 EL CEMENTERIO DE EZPELETA.
En setiembre de 1867, el Dr. Wilde y el juez de paz Augusto Otamendi, atienden las secuelas del cólera[10] y consideran la necesidad de sacar el cementerio del pueblo y llevarlo a las afueras. Juntos recorren la campaña buscando un lugar adecuado, decidiéndose por unos terrenos próximos al arroyo Giménez, propiedad de Juan Clark y del Sr. Lagouarde. El 24 de noviembre se compra la propiedad a Clark y comienzan los trabajos y los traslados de los restos que estaban en el cementerio de la Barranca.
El proceso de traslado fue largo, demasiado prolongado y complejo. Muchos perdieron definitivamente a sus finados, que fueron reunidos en el “osario”, y otros enterraron como propios los ajenos. Cuenta, con festivo pintoresquismo, José Andrés López [11] el primer destino que tuvo el segundo cementerio quilmeño:
“Clausurado el cementerio viejo en 1868, pasada la epidemia de cólera que asolara la provincia, la cicu­ta hizo presa del sitio aquel, donde empezó a crecer y multiplicarse como en la mejor de sus tierras de cul­tivo; pero lo hizo por discretas gradaciones.
Enseñoreóse primero de las calles, luego de las sepulturas, después de las bóvedas en ruina, creciendo en los propios ataúdes y asomando luego por los res­quicios y grietas en procura de aire y luz; trepó luego por las grietas de los derruidos muros de circunvala­ción, coronándolos y por último, calles, sepulturas, bóvedas y muros desaparecieron, ocultos por ella, que formó un bosque espeso e impenetrable, y quien no supiera que aquel bosque crecía en un cementerio, no lo habría sospechado ni creído.
Un cura tuvo Quilmes, el Dr. José Ramón Quesada, que viendo el bosque y sabiendo lo que escondía, sintió bochorno por las autoridades, indiferentes ante aquel espectáculo, y piedad por la memoria de los muertos, y buscando la manera de expresar lo que sen­tía a los que de aquello tenían la culpa sin mortifi­carlos, su talento y su exquisita cultura le sugirieron el recurso.
Estando próximas las fiestas patronales, anunció por nota a la Municipalidad, y, desde el pulpito a los fieles, la venida del arzobispo monseñor Aneiros y el propósito de éste de visitar el cementerio clausurado y celebrar allí una misa por el alma de los muertos yacentes.
Y allá fueron a porfía, la Municipalidad con sus presos y los deudos en persona o sus peones, y la cicuta fue abatida de la mejor manera posible, pero bastante mal, según el discreto parecer del bondadoso mon­señor Aneiros.
Pero como éste no había de venir cada vez que la cicuta, volviendo por sus fueros, provocara nueva ‘razzia’, ésta no se produjo, y aquella continuó siendo allí reina y señora, hasta que, andando el tiempo, el cementerio fue demolido y su terreno entregado al dominio privado.”
El 1º de mayo de 1870 se dicta un reglamento de cementerio que reglaba medidas de las sepulturas, los tipos de enterramientos y el mantenimiento.
En 1872 Santiago Laurnaga hace un pozo de agua con molino y otras obras.
En 1873 se inaugura oficialmente la actual necrópolis de Ezpeleta. La primitiva entrada estaba próxima a la esquina de Laguarda y Mitre. En una foto que reproduce el Prof. Iurescia, en el trabajo mencionado, se aprecia este ingreso de estilo italiano, un atrio rectangular techado y con altas arcadas en sus cuatro lados, uno hacia el interior del camposanto. También se aprecian varias cúpulas de las bóvedas que ya no están.
En 1881 se designó el primer guardián del cementerio que fue Francisco Gurruchaga con un sueldo de $ 600.
En 1898 siendo intendente Olegario Ponce de León hace construir la capilla, oficinas, morgue, osario, etc. Los planos los realizó el constructor Pedro Etchevertz, pero como era empleado municipal no se hizo cargo de las obras. Se otorgó la licitación al constructor Miguel Nazábal. Las nuevas instalaciones se inauguraron el 25 de octubre de 1889, estando a cargo de la intendencia Joaquín R. Amoedo; fueron padrinos de la ceremonia el Sr. Ponce de León y su esposa Josefa Labourt Dupuy. Sus nombres figuran en la medalla que se acuñó para recordar el acontecimiento. [12]

DE CEMENTERIO A PLAZA
El terreno que fue cementerio y hoy ocupa el hospital pudo ser una plaza pública. Así lo informa El Quilmero del jueves 20 de enero de 1881: “INFORME. El domingo asistió el Sr. Rodríguez a la sesión municipal con el objeto de dar los informes que se le pedían de la forma y condiciones de la nueva plaza pública que ha propuesto formar en los terrenos que hoy existe el cementerio viejo. Después de hacerlo esperar todo el tiempo que duró  la licitación del derecho de abasto y alumbrado, informó ese señor que la plaza proyectada será igual a la conocida por de la Cruz. Parece que la municipalidad se inclina a sacar la obra de la conversión de ese cementerio en plaza por su cuenta.”
Y otra noticia al poco tiempo dice bajo el título MAGNÍFICO: “Considerando que para el bien del vecindario vale lo mismo que sea una u otra mano la que obre los adelantos que se proyectan nos felicitamos de que se haya resuelto por la municipalidad convertir el terreno ocupado por el cementerio viejo en paseo público. El Sr. Rodríguez iniciador de la idea debe estar satisfecho de que ella sea realizada y la municipalidad no descuidará el cumplimiento del compromiso contraído al resolver hacer esa transformación por su cuenta tan pronto como termine el plazo de cincuenta días para la exhumación de los restos.”
En el mismo periódico del jueves 17 de febrero de 1881 seguido del encabezado: EXHUMACIONES informa: “Los deudos de personas cuyos restos están sepultados en el cementerio viejo se apuran a trasladarlos al nuevo y creemos que antes de terminar el plazo de cincuenta días dado por la municipalidad, no quedará ninguno sin haberlos trasladado; y ese aterrante lugar será convertido en breve en un paseo delicioso por su situación sobre la barranca.”
La plaza, el paseo nunca se hizo, la cuestión pasó al olvido. Varios deudos, por diversas imposibilidades, como por ejemplo: no contar con los medios económicos, estar fuera del país en esos años o trabajando circunstancialmente en otros rincones del país, Chile o la Banda Oriental, extraviaron los restos de sus muertos y la municipalidad los depositó en el osario de Ezpeleta. En esos años que aún no existía la identificación por el ADN, el reconocimiento era imposible.

EL CEMENTERIO DICIDENTE.
En 1888 Mr. A. D. Stewart, presidente de la Asociación Protestante de Quilmes, solicita a las autoridades municipales autorización para establecer un cementerio para la colectividad protestante de Quilmes. [13]
El vecino Carlos Clark estaba dispuesto a donar una propiedad con ese fin, “en el camino que va a San Francisco” (calle Mitre a Berazategui) o “camino al cementerio”, próxima a la extensión que, en 1867, la municipalidad había adquirido a su padre para instalar el actual cementerio de Ezpeleta. En dicho cementerio, actualmente, persiste un monolito que atestigua dicha donación. El camino al cementerio se pavimentó entre 1915 y 1916 con los adoquines que levantaron de la calle Rivadavia cuando, en esos años, lo sustituyeron por el macadam.

BOSQUEJO PARA UN ESTUDIO ARQUITECTÓNICO DEL CEMENTERIO DE EZPELETA
Como se mencionó anteriormente la entrada estaba próxima al cruce de las calles Laguarda y Mitre. El pórtico se inauguró en 1899. Era de claro estilo italiano como gran parte de la arquitectura que se utilizó en la Argentina entre fines del siglo XIX y principios del XX, precisamente una de las resultantes de la llamada Generación del 80. La construcción avanzaba sobre la calle casi de tres metros. Luego cuando se levantó el atrio actual se tomó como línea de edificación sobre la calle Laguarda la pared exterior de este pórtico.
En 1952 se derribó y se inició el actual portal como parte de las obras públicas gestadas durante el 2º Plan Quinquenal. La ampliación la realizó la constructora IACUS y se debía concretar en 12 meses. El atrio de mármol blanco es de planta rectangular, un vestíbulo profundo con columnas externas y una escalera breve en la fachada dando acceso a su alto podio o plinto. Las columnas son cuadrangulares sin fuste. Es del estilo arquitectónico llamada Monumentalismo, generalizada durante el primer y segundo período de gobierno del presidente Juan D. Perón. Símbolo del esplendor y poderío que se vivía en esos años. Arquitectura sobre la que Alberto Petrina en su artículo “La ciudad justicialista” califica de este modo: “… a la hora de representar la arquitectura de la época, cederá a la tentación de referir casi exclusivamente las realizaciones del Estado a este Monumentalismo de raigambre autoritaria. […] con alto grado de mestizaje, de eclecticismo, de heterogeneidad, aunque esta explícita vocación de sincretismo llegue a alcanzar niveles intolerables de infección para los siempre delicados estómagos de la intelligentsia argentina. […] la idealidad cede su espacio a la realidad; la pureza, a la contaminación; la síntesis, a la exuberancia, y la atmósfera barroca resultante no refiere a su contenida manera europea, sino a su desaforada versión iberoamericana. […] dada la gigantesca acción de obras públicas emprendida durante la primera y la segunda presidencia del general Perón (1946-1952 y 1952-1955), sólo comparable con la desarrollada anteriormente por los gobiernos liberales de la Generación del 80 y por la administración conservadora del Presidente Agustín P. Justo (1932-1938).”[14]
En cada callecita de esta necrópolis se descubre algo nuevo, anecdótico, sorprendente. Con la remodelación de 1952 la  calle interna con el Nº 2 ó alameda, quedó como calle principal.
A cada lado de este camino central están las bóvedas arquitectónicamente más importantes, no son las más antiguas. Efectivamente, el primer sendero perpendicular a esta alameda hacía el NO es el primitivo camino de ingreso que conducía hacia la alameda. En este sector están lo que se llaman sepulturas y bóvedas perpetuas, debido a que por una ordenanza municipal durante la larga intendencia del Dr. Pablo Castro (1911 – 1917) para contar con fondos para la remodelación del cementerio se ofreció a los vecinos adquirir parcelas en perpetuidad. En el gráfico de la disposición del cementerio este sector figura con las letras A; C; Z; G; I, aproximadamente.
En el sendero original, por donde ingresaban a pulso los féretros, quedan algunos de los monumentos más antiguos y las bóvedas que hoy suplantan a las demolidas, en algunos casos por los mismos propietarios, otras por otras familias que adquirieron la parcela.


ENTERRAMIENTOS
Las primeras tumbas eran del tipo corral cercadas por rejas y en las cabeceras se colocaban cruces de madera o de hierro forjado, como las que ilustra el Ing. Rodolfo Cabral en el trabajo arriba citado; sobre la bóveda de la familia Giles y Gaete hay una cruz que originalmente perteneció a uno de estos túmulos.
. El cerco precavía del vandalismo de los animales sueltos. Con la introducción del alambrado se fabricaron cercas len torno a las tumbas, en algunos casos, se aprovechaban los árboles cercanos. Esto fue después de 1855. (Ob. Cit)
Como se mencionó, las primeras tumbas o túmulos eran simples enterramientos. Estaban cercados con rejas de hierro forjado o alambrado, cuando este tipo de cerco llegó a la Argentina.
En el sector perpetuo del cementerio local, sector Z y G, hay tres grupos de tumbas cercadas; son de fines del siglo XIX. En la mayoría, las inscripciones son inteligibles. No pertenecen a un solo grupo familiar.
En el sector C existe un grupo de seis o siete tumbas cercadas de pilares de dos metros de alto unidos por muros bastante deteriorados, de un metro, sobre los que se levantan rejas de hierro y una doble puerta también de ese metal forjado. Estas rejas fueron trasladadas allí del cementerio de la barranca. El doble portón de carruajes del cementerio viejo, según don Manuel Ales, después de la clausura estuvo muchos años en una casa de calle Olavaria Nº 531, residencia de la familia Sturla.
Los enterramientos tienen distinta antigüedad, uno que es inidentificable, el más antiguo que se puede distinguir es el de Juan Bautista Lagouarde, de 1916 (tenía 55 años) y luego otras de distintos miembros de la familia Arrieta. Esta tumba perteneció a Francisco Lagouarde, el propietario que vendió parte de las tierras donde se halla el cementerio a la municipalidad, junto al terrateniente Juan Clark..[15] Ese apellido se transformó en Laguarda que da nombre a la calle que pasa por las entradas y no a Nuestra Señora de la Guarda como se suele creer.
Entre las tumbas o los túmulos cercados entre los más antiguos, junto a una columna trunca, hay uno con un riguroso trabajo escultórico que data del 10 de julio de 1918.  Es una composición muy elaborada con un bouquet de rosas de piedra sobre el pedestal y al pie un pergamino con la palabra PAX en sobre relieve; tiene a un lado el retrato fotográfico de Ángel Rossi.
Junto a la bóveda de la familia Giles se halla tapada y oscurecida la tumba de Wilfred Latham. Es una cruz celta de granito en cuya base en pirámide trunca dice SACRED (sagrado), luego su nombre y fecha de fallecimiento “dead 21 November 1877 age 60”. Nada más en la tumba de una personalidad que tuvo una figuración y una fortuna de las más notables del partido de Quilmes, propietario de las estancias locales “Los Álamos y “La Palma”, primer importador de las razas de ovejas merino y uno de los fundadores de la Sdad. Rural Argentina. [16]
En los cementerios católicos se hacen pequeños monumentos de mampostería con distintos tipos de cabeceras, de cruz de capilla y de lápida. Hacía el SE del cementerio hay numerosas tumbas enterramientos o con distintas cabeceras.
LOS OBELISCOS
Los obeliscos estaban tallados a partir de una sola pieza y se montaban sobre una base cúbica. Los vértices afilados se recubrían a veces de un metal brillante, y a lo largo de las caras del fuste se cincelaban inscripciones, panegíricos, o tan solo, nombres y fechas de nacimiento del difunto. El obelisco se ha empleado como forma arquitectónica y decorativa en numerosos monumentos y llegó a convertirse en uno de los detalles más característicos de las tumbas barrocas y neoclásicas.
Los obeliscos eran hitos recordatorios. De estos hay tan sólo dos o tres de poca altura, sobre base cuadrangular. A poco del ingreso se halla el del flebótomo y músico José H. Navarro de origen canario que integró en 1873 la primera orquesta del pueblo que dirigía el maestro Antonio Barrera. Navarro falleció el 17 de enero de 1903. La construcción está revestida con mármol de buena calidad pues a diferencias de otros, con la misma antigüedad, está en muy buen estado de conservación; tiene un panegírico en sobre relieve que reza “Sólo tuvo bondad su corazón, sonrisas sus labios”.
Otro tipo de obelisco más sobrio se halla sobre las tumbas de la familia Fidanza; con inscripciones en bajo relieve en cada una de las cuatro caras, muy desgastadas.
LAS COLUMNAS TRUNCAS
Las columnas truncas representaban a la juventud tronchada. Personas fallecidas muy jóvenes. La de la tumba de Saturnino Sijenz fallecido de 28 años data del 8 de setiembre de 1912.
Hay otra de mayor tamaño  sobre un pedestal cúbico en homenaje al de Dr. Edmundo Fierro (n. 1857 – 1886) El monumento tiene la fecha 21 de febrero 1936; Médico y militar. Nació el 14 de marzo de 1857. Había llegado a Quilmes en noviembre de 1879 a acompañar en su tarea al Dr. Cueli y al Dr. Wilde. Tenía 25 años y su juventud, su don de gentes le granjearon el afecto de todo el pueblo y la Campaña vecina: “su ciencia curaba los males físicos, su corazón curaba los morales…” Tanto fue el afecto que el pueblo cobró al joven médico durante los cuatro años que asistió a los enfermos de Quilmes, que su muerte repentina, acaecida el 21 de febrero de 1886, practicando el juego de pelota en el establecimiento de la calle Mitre y 25 de Mayo, desconcertó y apenó a toda la población. Tenía tan solo 29 años. En el 50º aniversario de su muerte el 21 de febrero de 1936, la comunidad le levantó este monumento fúnebre similar al que se había colocado próximo a la fecha de su fallecimiento con las leyendas. “El pueblo de Quilmes a su médico” (que estaba en el pedestal original) Y en cada un de las restantes tres caras del basamento se gravó: “Médico abnegado – Soldado de la patria.// Juventud. Ciencia. Corazón. Vaso colmado de bondad y consuelo. Se prodigó solícito al enfermo, al desvalido, al atribulado. Quilmes le consagra fidelísima conmovida memoria.// Médico aventajado, filántropo convencido. Con su muerte prematura la ciencia vio tronchada una robusta esperanza, los desgraciados perdieron un eficaz consuelo.” Indudablemente que debió ser un individuo con un extraordinario carisma, lleno de humanidad y don de gentes para granjearse en apenas seis años tanto afecto y reconocimiento.
Su tumba se halla junto al monumento-ensamble la de otra figura principal de la historia quilmeña, la de uno de los artistas plásticos argentinos  más característicos del siglo XIX, Carlos Morel.
LAS BÓVEDAS
Las bóvedas son mausoleos de una sola familia. Entre las más famosas se distingue la tumba-mausoleo de la familia patricia de los Julios en forma de torre. Se halla en Saint-Rémy-de-Provence (Francia – 40-30 a.C.). Realizada con secciones geométricas superpuestas: un cubo en su parte baja, seguido por un rectángulo de cuatro arcos y un pequeño templo circular rematado por dos estatuas.
La bóveda, propiamente dicha, es una obra de construcción utilizada para techar el espacio entre muros o pilares, que llamamos comúnmente techo abovedado: como gran parte de estos monumentos fúnebres se les colocó ese tipo de techado, el término se extendió a todo la edificación, aun los que no lo poseen. Luego con el término “bóveda” se hizo extensible a todas las tumbas de este tipo.
Las hay de diversos estilos arquitectónicos y muchas son híbridos que los reúnen. Todas de planta rectangular. Las hay con repisas laterales donde se depositan los sarcófagos, con cripta subterránea donde disponerlos o con ambas particularidades. Llevan en su mayoría labrados sobre la mampostería o en piezas de metal, el nombre del primer difunto que la inauguró y representa a una familia; en otros tan solo un apellido o con el Familia delante del mismo.
Entrando al amplio pórtico, pasando el gran vestíbulo central, que a un lado tiene una capilla y al otro oficinas, el visitante tiene una vista lateral de la primera bóveda importante, la de la familia Méndez. Delante de su lateral izquierdo se halla el busto de Eva Perón que enfrenta al del Pte. Perón cruzando la alameda arbolada.
Siguiendo por el primer sendero perpendicular a esta calle central, hacia el NO se toma el camino que de la primitiva entrada. La primera bóveda a la izquierda es la del intendente José Augusto Otamendi (1892 y 1920) y su hermana Matilde Otamendi de Soria que se levantó en 1930. Es un templete romano con cripta subterránea. Tiene un frontón circular y rebajado.
A un lado de la puerta hay una placa: “A José Augusto Otamendi el Comité de la U.C.R en el primer aniversario de su muerte 31 de mayo de 1930”; a la derecha de la puerta, otra placa en tributo a Matilde Otamendi de Soria, por parte de las “Sociedades de beneficencias, religiosas, amigos y fuerzas vivas de  Quilmes. La Sra. de Soria fue una tenaz colaboradora de la Sociedad de Beneficencia del Hospital de Quilmes y del Dr. Isidoro Iriarte, tanto en lo práctico, ocupando más de una vez la función de enfermera, como en lo económico, haciendo donativos personales y organizando reuniones con fines benéficos. José Goldar en su libro “Historia de la Sociedad Hospital de Quilmes ‘Dr. Isidoro G. Iriarte’ desde 1919 hasta 1972” le dedica un enjundioso párrafo [17]
En la mayoría de las bóvedas prevalece el estilo clásico. Algunas con importantes frontones mixtilíneos como las de la familia Navone y la que está a su lado que fue construida contemporáneamente y en la que no se identifica al propietario por la erosión. En este caso las jambas (cada una de las dos piezas labradas que, puestas verticalmente en los dos lados de las puertas vidriadas sostienen el dintel o el arco de ellas) simulan columnas de tipo toscanas; sobre los capiteles hay dos sobrepuestos, de mampostería con laureles colgantes. Indudablemente fueron levantas por el mismo contratista; no hay datos fehacientes que atestigüen la fecha, pero deben ser anteriores a 1920. En el frontis superior en lo que simula una placa figura en bajorrelieve el nombre de la familia propietaria. Los Navone eran antiguos vecinos del barrio La Colonia, cuya casa aún se conserva en la esquina de Oliveri y Vte. López.
La única placa en esta bóveda con fecha 10 de agosto de 1940, recuerda a Juan Musante, primer presidente honorario del club social y deportivo Santa Fe.[18]
Otra de las bóvedas antiguas con un importante frontón mixtilíneo, cripta subterránea y amplia capilla es la de la familia de Agustín Pedemonte, [19]Agustín Pedemonte (Genovés, n. Pontedecimo, 12/5/1851 + Bernal, 13/12/1916) y de su esposa María Solari Raggio (n. Ciavari10/7/1855 + Bernal 17/7/1944) se hallaban en esta bóveda luego fueron trasladados a la Iglesia Ntra. Sra. de la Guarda de Bernal donde yacen junto a su hijo el Pbro. Luís José Pedemontre, fundador en 1907 de la Unión Genovesa Madona de la Guardia y promotor y fundador del santuario de Bernal.
Otras bóvedas tienen las características del templete griego de frontón circular o romano; con cripta subterránea o capilla con repisas donde se colocan los sarcófagos, unos sobre otros. La de la familia Molteni de mármol negro, muy suntuosa tiene la arquitectura de un templete egipcio el cornisamento no descansa sobre columnas, pero aparecen sendos capiteles por sobre el frontón sin base que sostiene un artesonado y en el espacio entre estos los datos familiares; el dintel es en vértice.
La bóveda de la familia Manuel Elesgaray tiene reminiscencias góticas con frontón sin base y puerta ojival con varias arquivoltas.
Una curiosidad es una bóveda cercana al muro sobre la calle Mitre dispuesta en esquina, de frente combado con frontón mixtilíneo; la puerta doble con banderola vidriadas también está combada, lleva vitreaux en los ventanucos laterales y dos vasijas funerarias a los lados. Es de la familia Dallasta.
En el centro de este sector están las bóvedas de los López. Familia que dio tres intendentes a Quilmes: José Andrés, [20] su hijo José Eduardo y su nieto Rodolfo Adalberto y un diputado, padre de este último, Rodolfo Alberto López. La bóveda que lleva el nombre del patriarca de esta dinastía, la de la derecha, es de mármol, con un frontón sin base. Ambas llevan puertas dobles vidriadas de rica factura. Una placa recuerda a Rodolfo López como fundador del periódico La Verdad, periódico quilmeño que representaba a la Juventud Radical por él creada en el Partido de Quilmes. Esta fechada el 31 de agosto de 1937. Otra placa dedicada a José Andrés López, reza “Homenaje de los Centro Culturales Biblioteca y afines del Partido de Quilmes 1932 – 9 de setiembre de 1935”
Otra importante bóveda clásica tiene las jambas en forma de columnas circundadas de laureles es de la familia Bernasconi. En sus paredes exteriores están amuradas varias placas dedicadas al benefactor Ing. Alfredo Bernasconi, una de la Federación de Cooperadoras de las escuelas de Quilmes, otra de la U. C. R. y una tercera de la Sociedad de Beneficencia del Hospital de Quilmes.
En este estilo se repiten monumentos con diferentes tipos de frentes, pero todos de mármol negro, son las de las familias Miriardo, Nami. y Alberto R. Pereyra
Hay uno de estas construcciones, sobre la alameda íntegramente en mármol negro que tiene la estructura de una mastaba egipcia, muy distinta a las clásicas o romanas; es forma trapezoidal que comprenden cámara funeraria o cripta y capilla. Tiene una  puerta blindada con remaches. Pertenece a la familia Rocca Rivarola.
Las bóvedas de las familias Lanz y Giles también es de formas austeras. El frente de la primera, de líneas eclécticas, es integradamente en mármol blanco veteado y rústico, tiene cripta y sobre el dintel en un rectángulo de mármol gris esta gravado el nombre de la familia propietaria. No hay placas exteriores pero se sabe que allí yacen los restos del digno maestro Atanasio A. Lanz [21] y sus beneméritos padres.
La segunda es más contemporánea es una resolución sincrética donde se colocaron urnas con los restos reducidos de varios miembros de la misma familia. Los Giles es una de las familias de hondo arraigo en el Pago de la Magdalena y fundadores de San Andrés de Giles; emparentada con la aún más antigua de los Gaete, por lo tanto descendientes de Pedro Izarra – a quien Juan de Garay destinó tierras que hoy son parte del partido de Quilmes -  y con Andrés Baranda.
Semejante a esta, hay una construcción muy curiosa de frente plano sin jambas ni frontones, con dos aberturas; puerta de hierro y vidrios a la izquierda con un medallón de metal en el centro que tiene forjado en sobre relieve un rostro de mujer pidiendo silencio. Junto a esta, un amplio nicho enrejado dentro de la cual hay una estatua que representa a un bandoneonista sentado en postura de estar interpretando su bandoneón, a sus pies en una hoja de bronce esta escrito el vals “Una Ilusión perdida” con música de Clemente O. Rodiño y la letra es un poema de Alfredo E. Roldán. No hay mayores datos, la estatua parece representar a dicho Clemente O. Rodiño.
Algunas bóvedas tan sólo tienen decorado el frente mientras que las demás paredes, si no se apoyan en otras bóvedas o en las paredes medianeras del cementerio, son lisas. Algunas ocupan todo el entorno y cuentan con otras aberturas laterales. Delante del grupo escultórico saqueado de la familia Bentham hay una bóveda cuyo entorno es muy rico en detalles arquitectónicos, como frisos.
En la calle donde desemboca la alameda central del cementerio hay una sucesión de bóvedas con las mismas características, de menor suntuosidad y tamaño; son posteriores a la década del 50.
Algunas bóvedas reúnen ambas características las propias de las bóvedas y las de nichos, por ejemplo la Mario Urbán y Flía., con elementos de construcción muy actuales: ladrillo a la vista, cuatro puertas de aluminio. Es de poca profundidad de manera que los féretros están de lado. Sobre el frontón triangular hay un crucifijo de bronce y debajo en una placa de ese metal, figura el nombre del propietario. Del mismo estilo es la de la familia Galain Derricades con cinco nichos a cada lado de la puerta de rejas (fue saqueada). En el frontón se yergue una cruz de mampostería.
Las puertas merecen un párrafo aparte, pues son trabajos de herrería artísticos, los materiales son en el hierro forjado, laminado, con bronces, vidrio y vitreaux. Algunas ilustran motivos o elementos fúnebres, antorchas, florones, cirios, ángeles, etc. La puerta de la bóveda de la familia Nami tiene un rico trabajo en hierro forjado: una cruz central en cuyo punto de encuentro, en sobre relieve, lleva un rostro de Cristo coronado de espinas, al pie de la cruz una llama votiva y a los lados de la cruz, ramos de rosas y hojas en cuyos espacios vacíos hay vidrio transparente para facilitar el ingreso de luz a la capilla.
NICHOS
Los romanos enterraban a las personas con menos recursos en tumbas comunales llamadas columbaria, en las que los restos de los fallecidos se depositaban en nichos diferenciados por una simple inscripción.
Los nichos son concavidades superpuestas donde se colocan los ataúdes o urnas funerarias en repisas, Pueden ser individuales, pero también este tipo de construcción puede ser de un mismo grupo familiar o de dos o tres.
En la sección J paralela al sendero de entrada original, hay un tipo de esos nichos de la familia. Moreyra-González. Algunos tienen cierta estructura de la bóveda cerrado en el frente por un importante cerramiento de hierro y vidrios repartidos como el de la familia Pavese-Cairo y del grupo familiar: Rufo, Campolongo y Gordini.
SEPULCROS
Los sepulcros son monumentos fúnebres subterráneo, criptas, con una breve construcción rectangular por encima, por donde se desciende a través de una pequeña puerta seguida de una escalera y una tapa superior.  El sepulcro de la familia E, Menéndez de Suárez es íntegramente de granito. Tiene una pequeña puerta de reja doble y una tapa superior para facilitar el descenso de los féretros. El de la familia de Alberto B. Moulie, construido en 1931, es el de mayor tamaño en su tipo, de mármol negro tiene un respaldo sobre el que se haya gravado el nombre de la familia propietaria. Fue realizado por el Ing. civil Raúl A. B. Moulie. Tiene a los lados pequeñas aberturas para el ingreso del aire.
MONUMENTOS
Durante los dos siglos previos a la era cristiana surgió una manera típicamente romana de construir edificios, realizar esculturas y pintar. Y, en general, los monumentos se realizaron para glorificar a sus héroes, dioses y  mecenas más que para mostrar la calidad artística de sus creadores.
El cementerio de Recoleta se caracteriza por la cantidad de monumentos escultóricos que adornan las tumbas, algunas son obras de sensible calidad escultóricas.
En el cementerio de Quilmes no abundan las esculturas.  Uno de ellos es un ángel abrazado a una roca cubierta de hiedras y flores con detalles muy delicados en sus detalles faciales y movimiento corporal. Tallado en un solo bloque de piedra. Un trabajo de escultura romántica. A su lado hay otra escultura más pequeña que representa a una mujer. Es del tipo sepulcro con tapa y cripta donde se depositan los restos. Pertenece a la familia de Pedro Bertana.
En la alameda se halla el monumento a Carlos Morel (1813-1894) realizado en 1963. Es un ensamble en ángulo sobre dos paredes, en placas de mármol negro. Rodea la columna trunca que recuerda al Dr. Edmundo Fierro.
En la pared frontal había un perfil del artista en sobre relieve de bronce que fue hurtado no hace muchos años por gente que sabía muy bien qué se llevaban. Bajo ese retrato hay un gravado que dice: “A su esclarecida memoria en el sesquicentenario de su nacimiento.”.  En la pared lateral un panegírico dice. “Nació en Buenos Aires el 8 de febrero de 1813. Murió en Quilmes que por largos años lo contó entre sus vecinos en el medio día del 10 de setiembre de 1884. Fue el primer pintor argentino en el tiempo. Artista auténtico, fino y sensible, observador minucioso y sagaz. Amó la sencilla belleza de los seres y las cosas de la tierra. Diseño con gracia poética el combate montonero, escenas de pueblo, las carretas, la pulpería el tambo, el personaje, el gaucho, el indio. Ennobleció su vida al entregarla por entero a un ideal. Su fama crece por encima de un largo silencio.”
En un extremo hay una estatua hecha en metal que representa a una mujer mirando hacia el cielo que apoya contra su pecho una rama de laurel. Lleva una firma, Marty.
Casi frente al monumento de Morel hay otro grupo escultórico de mármol blanco de la familia de Ernesto G. Bentham. [22] Data de 1915. Este ensamble fue saqueado, le cortaron al ángel las alas y el dedo que señalaba el cielo; robaron la elaborada cerca de hierro formando ramas, que lo rodeaba, una urna de mármol desbordada de flores de metal que estaba en un extremo, una placa y la pequeña puerta de hierro y, lo más lamentable, es el hurto de la escultura que se hallaban sobre la plataforma, de muy delicada factura que representaba un bello niño yacente sobre un almohadón, como dormido. El niño era Carlos Argentino Bentham, hijo de Ernesto Bentham, que en ocasión que su padre retrocedía con el coche, la critatura estaba detrás, no lo vio, lo atropelló y mató.
El hurto en esta tumba; en el monumento a Morel y otras bóvedas fue premeditado y organizado no hace muchos años.
Frente a la Alameda se halla el monumento fúnebre más vanguardista del cementerio. Pertenece a la Flia. Bertana. La escultura sugiere dos personas tomadas de la mano, una de las agujas que se elevan está trunca..
El monumento que identifica a los Héroes de la Paz, levantado en 1951 por el Consejo Argentino de la Paz organización del Partido Comunista es un sepulcro engrandecido con la estatua de una mujer portando una bandera y llevando sobre su brazo derecho a un herido. Allí yacen dos militantes asesinados en 1950 cuyos apellidos se gravaron en el frente: Calvo – Zeli. [23]
CÚPULAS:
Los romanos desarrollaron la estructura moderna de la cúpula. Una de las bóvedas con la cúpula más importante del cementerio de Ezpeleta, es la de la familia Ithuralde; tiene forma de semiesfera es de chapa bronceada, la intemperie la tornó verde, la remata una cruz forjada. En las fotos de el pórtico original se puede ver esta cúpula  y la pared posterior de la bóveda era parte del muro exterior del cementerio lo permite comprobar que el actual frente ganó espacio sobre la calle Laguarda. La bóveda Ithuralde es la más importante de esta necrópolis, arquitectónicamente y en dimensiones, tanto por la calidad del mármol que la cubre como por la rigurosidad de sus líneas. Es un templete griego con cuatro estilizadas columnas dóricas. En el frontis reza: María I. Ithuralde – Indalecia I. de Cichero – Ernestina I. de Lanz. [24]
Otra cúpula en lugar de rematar en una cruz lo hace con un ángel con las alas desplegadas,  como la de la bóveda Conde Montenegro cuya cúpula además tiene la superficie escamada, simulando tejuelas y lleva ventiluces en la planta circular o ábside. Esta bóveda rectangular posee un preciso cuidado arquitectónico en todo el entorno de la construcción a diferencia de otras bóvedas en las que tan sólo se extrema la arquitectura del frente. Se halla en perfecto estado de conservación. Es de estilo grecorromano clásico. Tiene cripta subterránea. En el frente el dintel sobrevolado está sostenido por cuatro columnas de orden corinto cuyo fuste es liso en la mitad superior, a manera de las columnas toscanas y con acanaladuras o estrías verticales en la inferior. El friso también corintio está decorado con mayólicas y en el centro bajo el frontón el nombre de los propietarios. En el pináculo del frontón una cruz lisa. Esto se repite en cada uno de los lados de la bóveda y en el remate del frontispicio del frente hay acroteras que representan pequeños ángeles, combinando con el ángel de mayor tamaño colocando sobre la cúpula
Otra variedad como la de la bóveda de la familia de Luís Zambón, es la cúpula o torreta cuadrangular y vidriada con otra pequeña encima.
LÁPIDA
Las lápidas son losas rectangulares, generalmente con el lado superior curvo, con inscripciones talladas en las que se recuerda al difunto. Son comunes en los cementerios anglosajones, protestantes o judíos. En la calle paralela a la Alameda hacía el SE hay una de mármol de la Flía Basso, data de1950. Las inscripciones gravadas con poca profundidad sufrieron la erosión del clima. Hay túmulos cuyo respaldar es a manera de lápida, pero colocada sobre el monumento.
PANTEÓN
Los panteones (panteón de pan: muchos, varios; theus: dioses) son monumentos funerarios destinados a enterramientos de varias personas como el monumento. Construidos por corporaciones o instituciones que reúne a individuos con las mismas profesiones, ideologías, militancia, etc.
El Panteón de París [25] es un monumento de la capital francesa. Su construcción empezó en 1764 y duró 26 años, fue acabada por Jean Baptiste Rondelet. Es de estilo neoclásico. Originalmente fue una iglesia, pero la Revolución Francesa hizo que sirviera de templo para albergar los cuerpos de los hombres ilustres de la patria (en el frontispicio está grabado “Aux grands hommes la patrie reconnaissante” (A los grandes hombres, de la patria con reconocimiento). Entre los enterrados en el Panteón se encuentran Voltaire, Rousseau, Marat, Napoleón III, Victor Hugo, Émile Zola, Marie Curie, Louis Braille, Jean Monnet y Alejandro Dumas,
El pórtico de columnas sobre el que descansa un frontón clásico está inspirado en el Panteón de Agripa, en Roma, mientras que la cúpula se inspira en la de la catedral de San Pablo en Londres. Uno de los panteones más destacados es el construido en la época del emperador Adriano, dedicado a los siete dioses estelares.
Frente a la alameda del cementerio de Ezpeleta se levanta un panteón de una logia masónica local, [26] construido en 1913 por el arquitecto E. R. Álvarez. Debajo del frontón una leyenda en sobre relieve reza: “Los primeros Libres de Quilmes”. Es un templete grecorromano con el frontón griego con frisos y en el espacio central del triángulo que forma el frontón hay un sol triangular con 16 rayos. No tiene ninguna abertura más que la puerta doble mitad vidriada, angosta y con una banderola fija en la parte superior. Una placa recuerda la memoria de Aníbal Horacio Álvarez (Alberto Morel)
Otro es el Panteón del Rosario antes fue el Panteón de los Maestro construido durante la actuación de Atanasio Lanz en la Asociación de Maestros. Permaneció largos años abandonado. Fue restaurado recientemente. Como vicepresidente de la comisión central de la Asociación de Maestros de la provincia y presidente de la Comisión Local de Quilmes a partir de 1930, Lanz promovió la instalación del Panteón del Magisterio Quilmeño (allí fueron depositados los restos de sus padres y de él mismo) Dicho panteón fue cayendo en el desuso y abandonado. En años recientes fue transformado en panteón municipal. Es un templete clásico con el remate del pórtico plano. La puerta fue cambiada. En el ingreso hay una capilla y en el subsuelo la cripta.
El Panteón del Círculo Católico de Obreros de Bernal (Sección S) también es tipo templo grecorromano con el remate o frontón triangular clásico con el escudo de la organización en el centro. Las puertas dobles tienen las mitades superiores vidriadas. Tiene ventanas laterales.
CONCLUSIÓN
El cementerio de Ezpeleta guarda en su desordenado cúmulo de construcciones la mayor parte de la historia de Quilmes de los últimos 150 años. El recorrido de nombres retrotrae a circunstancias y momentos de nuestro transcurrir que merece la atención del historiador.
Hay mucho para desentrañar, pero la brevedad del espacio no lo permite. Del mismo modo es un trabajo pendiente andar el Cementerio Disidente, también un documento historiográfico local.

El presente informe es un resumen de La historia de nuestro
Cementerio Municipal de Quilmes, creada por Cementerio Ezpeleta

 

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